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Piscina municipal de verano (Don Benito)

Las obras públicas rara vez consisten únicamente en construir. La mayoría de las veces empiezan comprendiendo todo aquello que todavía no funciona.

La renovación integral de la Piscina Municipal de Don Benito ha supuesto uno de los proyectos más exigentes de mi trayectoria profesional hasta la fecha. Una intervención donde la complejidad no residía únicamente en la dimensión de la obra, sino en la necesidad de revisar, adaptar y resolver numerosos condicionantes técnicos que fueron apareciendo conforme avanzaba la ejecución.

La actuación comprende la construcción de un nuevo vaso de baño, la reorganización completa de las instalaciones hidráulicas, las salas técnicas, el vaso de compensación, las redes de drenaje, las urbanizaciones exteriores y la integración de todos los elementos necesarios para garantizar el funcionamiento de un equipamiento público de estas características.

Cada decisión ha exigido analizar el comportamiento estructural, las condiciones geotécnicas del terreno, la interacción entre instalaciones y estructura, la durabilidad de los materiales y la viabilidad constructiva de cada solución adoptada.

Más allá del resultado final, este proyecto representa una forma de entender la dirección de obra: estar presente, cuestionar lo establecido cuando es necesario y asumir que los mejores proyectos no siempre son los que menos problemas presentan, sino aquellos capaces de resolverlos con rigor.

Porque construir una piscina no consiste únicamente en contener agua. Consiste en coordinar cientos de decisiones para que todo funcione durante décadas.

 

Lo que más me interesaba resolver

Transformar un proyecto técnicamente muy complejo en una obra coherente, donde estructura, hidráulica, geotecnia y ejecución dejaran de comportarse como disciplinas independientes para empezar a trabajar como un único sistema.

Una nota del arquitecto

Hay proyectos que se dibujan en un estudio y proyectos que terminan escribiéndose sobre el terreno. Esta obra pertenece claramente al segundo grupo. Durante meses cada visita de obra suponía una nueva conversación entre el proyecto y la realidad: un terreno con un comportamiento distinto al esperado, instalaciones que obligaban a replantear soluciones, detalles estructurales que exigían una revisión constante y decisiones que no podían esperar al despacho. Es precisamente esa incertidumbre la que convierte una dirección de obra en algo mucho más interesante que la simple supervisión de una construcción. Cuando la técnica deja de ser un trámite y pasa a formar parte del propio diseño, la arquitectura adquiere una dimensión completamente distinta

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